La presencia de la ciudad de Iquitos en medio del gran llano amazónico es algo grandiosa­mente bello, extraño y admirable en el paisaje general del Perú.

Es la presencia más rotunda de la peruanidad en el extremo oriental de la Nación.

Rodeada casi totalmente por el ocre de tres ríos y el lago Morona, es una exótica ciudad que tiene el encanto geográfico de una isla de los legendarios mares del sur; la atmósfera de Tahití, que sedujo a Gauguin; y la tibieza nocturna que vuelve a los seres comunicativos, amables y fuertes.

El gran río Amazonas, en cu

yas orillas se levanta la ciudad, es el mayor atractivo de Iquitos. Posiblemente no hay en todo el Perú ningún malecón que goce de una vista como la que se apre­cia desde el Malecón Grau de la capital loretana, incluyendo en esta comparación a todos los pai­sajes marinos.

La ciudad no solamente se en­cuentra en la orilla misma de los ríos que la rodean, sino que pare­ciera que así como las corrientes del Amazonas atacan a la ciudad desmoronando peligrosamente sus riberas, así también las corrientes humanas de la ciudad invaden el río, construyendo sus casas sobre las aguas -en balsas y pilotes- como en el caso del pin­toresco barrio de Belén, llamado con acierto “la Venecia pobre”.

A pesar de su pobreza infra­humana y patética, Belén es vir­tualmente el puerto comercial de la ciudad. Una mezcla de mer­cado y puerto muy original. Allí convergen los chacareros y pes­cadores de selva adentro, lle­vando sus canoas cargadas de productos. Aparecen en la madrugada, como sombras fan­tasmagóricas, llevando encendi­das sus lamparitas a kerosene generalmente aseguradas en la cabeza del remero.

La ciudad misma luce en sus calles anchas, las galas que le dejaron los sorpresivos y pasaje­ros auges de las riquezas de la sel­va: el caucho, el barbasco, el palo de rosa …

De la “locura del caucho” aún quedan en Iquitos muestras de aquella época de derroche cuando se trajeron adoquines y mosaicos portugueses, que toda­vía lucen en las fachadas de varias casas. Y en la Plaza de Armas, corazón cuadrilátero de la ciudad, todavía puede verse la que quizás sea la primera casa prefabricada que llegó al país: la Casa de Hierro, diseñada y cons­truida por Eiffel , adquirida por el millonario Anselmo del Aguila y trasladada hasta Iquitos desde Europa con tuercas y tornillos inclusive.

En la Plaza también se en­cuentra el monumento a los lore- tanos caídos en la guerra del Pacífico, la Municipalidad, el Club Social más importante, un Cine y la Iglesia.

El jirón Lima es la arteria prin­cipal de la ciudad, lleno de bulli­cio y marginado por casas comer­ciales.

Como corresponde a la ciudad del gran río Amazonas, muchas de sus calles llevan el nombre de los grandes afluentes del río- mar: Morona, Ñapo, Putumayo, Ucayali, etc.

En Iquitos hay diversas agen­cias de turismo que organizan paseos y excursiones por los ríos y lagos.

Las comidas y bebidas típicas loretanas se encuentran fácil­mente en varios restaurantes de la ciudad, sobre todo los “juanes”, el “paiche”, la “aguajina”, etc. El plátano se le encuentra en mil formas; asado, sirve como pan; tostado, como galleta; sanchochado, es el “inguirí”; frito en rebanadas, es el “chifrichaira”;

molido como harina y mezclado con chicharrones, es el “taca- cho”; y el “guineo” es el postre.

En las calles, mercados y ba­zares se puede adquirir preciosas flores artificiales a base de pastas vegetales; primorosas bolsas de tejidos de fibra; muebles finos de cedro y de caoba; etc.

Y   los sábados en las noches se dan los singulares bailes popula­res conocidos con el nombre de “tahuampa”.

Así va creciendo esta bella ciudad que merece todas las atenciones del Perú, desde que la expedición naviera enviada por el Presidente Castilla, con el “Morona”, el “Pastaza”, el “Pu- tumayo” y el “Arica” arribara al puerto de Iquitos el 5 de enero de 1864, afirmando definitivamente la soberanía nacional^ sobre el ancho suelo loretano. “La metrópoli del Oriente se convir­tió así en un auténtico bastión de peruanidad en la Amazonia”.

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