La Procesión del Señor de los Milagros

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José Galvez dice que Lima tu­vo siempre cuatro preocupacio­nes extreterrenas, que son los terremotos, los milagros, las bru­jas y los monstruos y anota que el Señor de los Milagros es secuela colorida de los terremotos.

Y  es que en un teremoto nació esta fe que hoy es multitudinaria.

Todo comenzó en la calle Pa- chacamilla a mediados del siglo xvii en el siglo anterior el lugar quedaba en las afueras de la zona ya urbanizada de la capital y allí fueron recluidos los indíge­nas que habían sido desalojados de Pachacamac -antiguo oráculo indio de los terremotos-, lo que originó el nombre de la calle cuando en los años siguientes la ciudad se extendió hasta allí.

En una casa habitada por mu­latos, uno de ellos, que ha que­dado para siempre en el anoni­mato, pintó en un muro una ima­gen representado a Cristo en e! Calvario. Un terremoto redujo la casa a escombros pero el muro con la pintura quedó incólume.

La gente dijo ¡Milagro! y la voz se propagó primero por el barrio de Pachacamilla, después por San Sebastián y poco más tarde acudían reverentes hombres y mujeres de toda la ciudad para ver el prodigio.

Con el transcurso del tiempo, la procesión de una réplica de la imagen fue tomando mayores proporciones y ampliando su recorrido, con estaciones en todos los templos del centro. Antaño llegaba hasta la Iglesia del Carmen en los Barrios Altos, de donde regresaba al día siguiente. Ahora llega hasta el distrito de La Victoria, haciendo siempre un recorrido de dos días. Se inicia entonces la novena y el día 28 hace el último recorrido de la festividad.

Hay lugares en que el paso de la procesión constituye un acon­tecimiento por los homenajes que se rinden a la imagen. Pero en ninguno sin duda el paso de la procesión tiene tanta expectativa como en la Plaza de Armas, en donde se hacen presentes en los balcones de sus respectivos pala­cios, el Presidente de la Repúbli­ca, acompañado por su gabinete, el Alcalde de Lima con su séquito de concejales y el Arzobispo Pri­mado con los más altos dignata­rios de la Iglesia.

Es la única oportunidad en el año en que la Plaza de Armas da envidia a los políticos, porque se llena de tope a tope, y no faltan pintorescos personajes que “ofrecen sacrificios” con más de una extravagancia.

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