La religiosidad de los in­cas se caracteriza por el énfasis puesto en los ritos y el aparato exterior, pues eran abundantes las ceremonias festivas y los sacri­ficios, tanto de animales como de seres humanos. Los dioses mayores eran Viracocha, el crea­dor del universo; el Sol (Inti), cu­yo auge coincide con el estado imperial y prácticamente se identifica con la figura de los so­beranos quechuas, lllapa, dios del rayo; Tunupa, dios del agua y del fuego; Pariacaca, dios de la lluvia. Paralelamente había una infinidad de huacas o dioses me­nores, que podían ser estatuas, fenómenos naturales o momias de antepasados. La diferencia entre una y otra clase de divini­dad residía en la amplitud del público que las adoraba, pero de todos los seres divinos se recla­maba por igual que ofrecieran un clima óptimo para la agricul­tura, que brindaran buena ali­mentación y que influyeran en la curación de enfermedades.

Además, atribuíase a los dioses incaicos la facultad de adi­vinar, o sea predecir los aconteci­mientos futuros. El común de los sujetos tenía acceso al mensaje divino únicamente por interme­dio de los sacerdotes, quienes se consideraban portavoces de los entes sobrenaturales; estos mi­nistros religiosos actuaban de confesores, curanderos, adivina­dores e intérpretes de oráculos. Debido a sus extraordinarias capaci­dades, ellos gozaban de profunda injerencia en la determinación de los asuntos políticos, intervenían en la resolución de nombramientos y medidas administrativas, expresaban su opinión ante el diseño de las campañas bélicas. Los amautas y otros funcionarios de la organi­zación eclesiástica del Cusco, presididos por el Víllac Umu (supremo sacerdote), mantuvieron una situación de primer rango hasta la des­trucción del imperio fundado por Pachacútec, e inclusive después (cf. Rowe, 1946).

Tanto en la configuración religiosa como en muy diversos as­pectos de la estructura sociopolítica del mundo andino observamos el funcionamiento de un dualismo, de un juego bivalente de factores opuestos y complementarios, que arman una suerte de «simetría en espejo». En numerosas agrupaciones étnicas de la sierra, por ejemplo, rige una bipartición entre los sectores hanan y hurin, donde la prime­ra mitad tiene atribuciones de lo alto, derecho, masculino, etc., y la se­gunda mitad representa lo bajo, izquierdo, femenino, etc. De acuer­do a esta realidad, se puede concebir entre los incas la existencia de  dos dinastías paralelas, la de Hanan-Cusco y la de Hurin-Cusco (nom­bres que recogen las crónicas quinientistas), que habrían ejercido el poder de forma alternada y simultánea, pero una descripción de las pautas de este mecanismo es cosa bastante insegura.

Por otra parte, hay que considerar los criterios de sucesión que primaban en los señoríos autóctonos. No estaba fijada la herencia en beneficio del hijo mayor o legítimo —como lo señalaba la jurispru­dencia europea—, sino que había la tendencia a escoger al «más há­bil» de los candidatos en juego, ya fuese un hermano, sobrino o hijo del difunto señor. Esta costumbre, naturalmente, originaba un perio­do de anarquía a la muerte de cada jefe, tiempo en que abundaban los crímenes e intrigas. Si a ello agregamos la dualidad de linajes go­bernantes que debió de existir en el Tahuantinsuyo, fácilmente se comprenderá que el Cusco de los incas era un escenario de constantes fricciones por acceder al mando supremo y que dichos enfrentamien­tos se hicieron más intensos al crecer la superioridad de los quechuas en el área andina (Rostorowski, 1983).

Ya está indicado que Huayna Cápac fue el monarca que con­dujo al imperio a su máxima expansión, afirmando el dominio de los incas en la región de Quito. La lejanía de esta comarca respecto de la capital del Tahuantinsuyo determinó la necesidad de instalar, con personal oriundo de la corte cusqueña, un nuevo centro administra­tivo-militar en Tumipampa. A la vez que ocurría dicha quiebra en la composición de la burocracia, debido al propio tamaño que adquirió el estado, los señores de comunidades étnicas (curacas) lograron una mayor libertad de decisión frente a las autoridades centrales, y esta circunstancia contribuyó por cierto a debilitar la hegemonía de los in­cas. Por lo tanto, puede apuntarse que el rápido crecimiento territo­rial no fue complementado por una política colonizadora efectiva, lo cual se explica porque los procesos de creación «nacional» —perte­necientes al orden espiritual— germinan siempre más lentamente que los sucesos de la historia externa; es decir, el propio éxito de las conquistas incaicas trajo consigo la crisis del proyecto histórico que ellas implicaban.

Apuntan versiones tradicionales que durante el reinado de Huayna Cápac se observaron ciertos fenómenos extraños, que fueron interpretados como augurios funestos, de destrucción, por los miem­bros de la casta sacerdotal. Hubo aun quienes recordaron la profecía que anunciaba que alguna vez Viracocha, el hacedor del universo, sal­dría de la espuma de las olas marinas, vestido con hábito exótico… Lo cierto es que una epidemia de viruelas asoló por entonces el territo­rio incaico y que se remitieron tropas a la zona de Charcas, porque se divulgó el rumor de que un explorador blanco, el portugués Alejo García, había penetrado hasta allí en compañía de indios chiriguanos (tal vez en 1525). Pero las noticias más alarmantes vinieron poco des­pués, al saberse que un grupo de forasteros —Pizarro y sus compañe­ros del segundo viaje descubridor— habían recorrido las costas del im­perio, desembarcando en Tumbes y llegando hasta la desembocadu­ra del río Santa.

Afectado por esa peste de viruelas, falleció el mismo inca Huayna Cápac. Luego de su desa­parición estalló un violento con­flicto, en que se enfrentaron los nobles del tradicional centro de poder cusqueño, representados por Huáscar, con los del nuevo fo­co quiteño, representados por Atahualpa; ambos príncipes, además se hallaban enemistados por pertenecer a linajes rivales, dado que el primero estaba ads­crito a la panaca de Túpac Yu- panqui mientras el segundo inte­graba la de Pachacútec. Esta cla­se de oposiciones intrafamiliares no era desconocida en la historia del incario, pues antes segura­mente debieron de producirse confrontaciones análogas. Esta vez, sin embargo, se trataba de un conflicto entre focos regiona­les que luchaban por imponerse en todo él ámbito imperial, lo cual originó una guerra civil de proporciones inusitadas, a la que se vieron arrastradas las naciones sometidas por los quechuas.

En medio de este ambiente, las etnias colonizadas, descontentas por su involuntaria participación en sangrientas refriegas, vieron en la lle­gada de los peninsulares una excelente oportunidad para liberarse del odioso régimen de los incas, que los obligaba a brindar tributo, los privaba de sus creencias ancestrales, les imponía otra lengua, etc. El debilitamiento orgánico del incario y las alianzas que establecieron los señoríos étnicos con la hueste pizarrista son elementos que ayu­dan a comprender la rápida conquista lograda por los súbditos de Carlos V (cf. Espinoza Soriano, 1977).

Cuando Pizarro y Alma­gro emprendieron la jornada definitiva de conquista del Perú, parece que la victoria de la lucha interna estaba decidida a favor de Atahualpa. No obstante ello, el dominio de los atahualpistas en todo el imperio era todavía frágil, y el país se encontraba su­mamente debilitado a causa de la guerra y la pasada epidemia.

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