En Chinchero, “pueblo del ar­co iris”, es uno de los tantos pue­blos cusqueños en el que las gen­tes viven cotidianamente en los mismos ámbitos incaicos casi intactos, entre sus mismas pare­des ciclópeas semiderruidas, en las mismas casas milenarias, con­servando todavía viejas costum­bres del incario.

Región de tierra fértilísima, de campesinos enamorados de su tierra, de gentes de vestimentas pintorescas, mitad india y espa­ñola, de ferias en las que todavía se practica el primitivo trueque, es un lugar de ensueño y de paz, de belleza bucólica incompara­ble.

En la plaza principal donde se realizan las ferias dominicales permanece intacta la muralla incaica de piedra labrada, con 10 nichos trapezoidales de dos metros de alto y 1.50 de ancho, teniendo en la parte superior numerosos petroglifos en relie­ve.

Palacios, andenes y almenas de la gran fortaleza defensiva establecida allí por el incario, rodean al lugar “donde aparece el arco iris con sus ráfagas de luz en un ambiente que se vuelve mágico”, según anota la desta­cada escritora y periodista Alfon­sina Barrionuevo.

Se dice que Chinchero fue uno de los lugares preferidos por Túpac Inca Yupanqui, donde mandara construir su palacio y muchos bellos andenes sobre la garganta del Vilcanota.

En la plaza incaica se encuen­tra una iglesia de barro humilde, con sus poéticas arquerías, su destartalada torre mordida por el tiempo, su cruz solitaria bajo un cielo azul añil incomparable, y el verde-rojo de la tierra y la yerba.

Ahí está también el busto del recio Brigadier Pumacahua y la casa donde naciera.

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