Dado que uno de los criterios que anima a ese trabajo es el de investigar en los orígenes del pensamiento religioso que llevo a la situación que sostiene  nuestros días, no podemos menos que indagar en el comienzo de la cultura cuando se produjo el surgimiento de un mito “paralelo” a las cuestiones que tienen que ver con los dogmas tal cual conocemos hoy.

Un punto muy importante en este asunto es fijar las raíces primeras del culto a lo femenino, que veremos ahora que es anterior a la creencia a la de un Dios Masculino y que, además, adquiere mayor relevancia para nuestra investigación por el hecho de haber sido el culto a lo femenino la primera representación sexuada de lo sagrado. Esto equivale a decir que, antes de adorar a un Dios Masculino, la primera ves que la humanidad primitiva fijo en una Deidad Antropomorfa – con forma humana – la imagen de todo aquello que se le imponía por su fuerza, su poder y su misterio eligió la figura femenina antes que la masculina, que demoraría milenios en imponerse al antiguo ritual dela Diosa Madre.

 

Una ves más, son los restos de las culturas más primitivas las que nos dan la razón.

 

En innumerables santuarios antiguos, datados la mayoría de ellos entre 70 000 y 20 000 años a.C., se encuentran figuritas talladas en huesos de reno, colmillos de mamut y cuernos de rinoceronte lanudo. Los materiales son disímiles, pero la representación es la misma. Se trata de figuras femeninas, donde los rasgos propios de este sexo están exaltados para hacerlos relevar. La mas famosa de estas figuras – ídolos, en realidad – es la denominada “Venus de Hallstatt”, la primera que se descubrió en Alemania. Desde entonces, se ha denominado “Venus” a todas esas efigies femeninas, basándose enla DiosaGriegadel Amor yla Feminidad.

 

Estas Venus, obras de nuestros antepasados Cromagnon, representan acabadamente a un objeto de adoración, encarnación de poder de la vida y la generación. Alguna teoría supuso a comienzos del siglo XX, que se trataba de simples muñecas destinadas a los juegos de las niñas de ese entonces. Sin embargo el perfecto estado de la conservación de estos ídolos en relación a los muñecos verdaderos que se encontraron y se dataron como pertenecientes a las mismas épocas, así como el hecho que fueron encontrados en recintos denominados como santuarios, hace comprender que estas figuras talladas eran objeto de sumo cuidado y adoración por parte de nuestros ancestros. Corrobora el concepto el hecho repetido de que, además de encontrarse así localizados en santuarios y en un estado mucho mejor que los muñecos verdaderos, estas esculturas estuvieran rodeadas de restos de ofrendas, verídico testimonio de un culto brindado por generaciones y generaciones de hombres fósiles.

 

Otro rasgo distintivo se agrega a la increíble antigüedad de estos hallazgos, por otra parte bien datados por el método de Carbono 14 como pertenecientes a los mismos tiempos en que nuestros ancestros trazaban las antes referidas pinturas de Lascaux y Altamira. Este es el hecho de que hasta entonces, los objetos de veneración eran los acontecimientos naturales, los espíritus animales, los ríos, las montañas y aun las mismas cuevas tenidas por sagradas. No existe ningún vestigio de una adoración brindada a un tipo de Dios Masculino. Todo se resolvía en la adoración de tormentas, incendios, rayos, volcanes, cuevas y otros accidentes naturales y, desde luego, para aquellos cazadores nómadas y primitivos, el espíritu mismo de los renos, los mamuts, los osos cavernarios, los leones gigantescos, las fieras que debían abatir para defenderse y para comer. La idea de un Dios a escala Humana, representable en una figura semejante a la de ellos mismos, consistía – exclusivamente – en una representación femenina del misterio de la vida.

 

Mientras volcanes, tormentas, ríos y animales tenían que ver con la posibilidad de la muerte inminente y siempre asechante, el culto de lo femenino tenía que ver con la esencia misma de la vida.

 

Para la mentalidad primitiva, era un misterio absoluto el hecho palpable y real de que solo las mujeres son capaces de engendrar la vida, desde el mismo momento en que era desconocido el papel que ocupaba la actuación masculina en la generación de los nacimientos.

 

Para la mentalidad primitiva, del mismo modo era un misterio notable el hecho mismo de la extraña periodicidad femenina: cada una luna sufrían sus reglas, cada 9 lunas engendraban. Para una mentalidad que estaba recién saliendo del caos sin forma del mundo natural, donde todo, hasta estas extrañas observaciones de una regularidad del tiempo y de sus fenómenos, era un tiempo indiferenciado, un eterno presente animal, el hecho de que las mujeres marcaran periodos acotados por fenómenos humanos siempre repetidos a un ritmo regular estaba establecido la idea una sucesión y de acontecimientos previsibles, algo por demás extraño para ese concepto predominante hasta ese entonces.

 

De hecho, fue esta periodicidad femenina la que hizo de la idea del tiempo sucesivo, aproximado como lo entendemos nosotros – pasado, presente y futuro – fuera abriéndose camino en la mentalidad de nuestros ancestros Cromagnon. En la tierra hay un gran monumento edificado a esta idea del tiempo basada en lo femenino, en lo determinado porla Diosade la generación del tiempo: Stonehenge. Consiste en un monumento paleolítico compuesto por menhires – piedras verticales que estas clavadas en la llanura de un mismo nombre, algunas de ellas de un peso superior a las 5 toneladas – cuya función fue discutida durante décadas, hasta que se arribo a la conclusión que servia para comprender la magia del tiempo. Stonehenge es un reloj gigantesco compuesto de loas enormes de piedra bruta, muy juntas entre si. Estas dejan penetrar los rayos del sol naciente en determinados momentos del año, que coinciden con los cambios de las estaciones – primavera, verano, otoño e invierno – así como marcan periodos mas breves según los particulares dibujos de luz que trazan los rayos de sol durante la aurora contemplados desde el centro del monumento. Lo llamativo y que se asocia inmediatamente con el culto a una deidad femenina, es que los cambios de dibujos de luz orientados por las piedras y su singular ubicación se producen cada 28 días, periodo normal de la alternancia de las reglas femeninas, un hecho que al observador cazador primitivo atento a cualquier particularidad del mundo natural que pudiese redundar en su daño o su provecho, no podía pasarle inadvertido. El monumento es un reloj que marca meses de 28 días, estaciones y años con una regularidad envidiable, amén de haber estado consagrado, según vestigios mejores pruebas que estas del antiguo culto a una deidad femenina, la primera representación humana, antropomórfica, del poder que rodeaba al hombre primitivo y que recién comenzaba a comprender.

 

De esta manera es como nace la religión, desde los primeros pobladores de la humanidad e incluso algunas de estas creencias se mantuvieron en culturas y civilizaciones posteriores, mas desarrolladas tanto en nivel intelectual y técnico como en nivel religioso o de culto.

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