No hay poblador Cusqueño que no sepa la historia convertía en leyenda del Taytacha Temblores: que fue regalo del Rey de España, que tuvo un echo prodigioso en alta mar, que el arriero encargado de traerlo al Cusco mando hacer una réplica para sustituir al original que se quedó en Mollepata, que muchos años estuvo olvidado en algún lugar de la catedral hasta que el Terremoto de 1650 hizo que los antiguos cusqueños se recordaran de ÉL, y que recurriendo a su protección se logró aplacar la furia telúrica de la pachamama. Volver a decir todo aquello repetido tantas veces y conocido casi de memoria por todo cusqueño, talvez hasta perdería sentido.

Entonces tendríamos que decir algo nuevo, pero, ¿habrá algo nuevo que escribir sobre el Taytacha?, si ya tantos y tan buenos costumbristas, historiadores, sacerdotes, periodistas, etc., han escrito hasta la saciedad tan buenos y bien documentados artículos, rezos, loas y tradiciones sobre Nuestro Patrón Jurado.

Entonces quizá lo mejor solo sea escoger de entre tantas historias, la mejor y más representativa historia. Todos hemos escuchado de nuestros padres o abuelos la historia de la reunión del Taytacha Temblores con la Mamacha Belén, desde la versión más antigua que sale en el propio cuadro de la Virgen de Belén de la Catedral (relacionado con el Milagro de Selenque), pasando por la tradición escrita por Clorinda Matto, la versión novelesca de los amoríos de Selenque de Genara Elorrieta Aranzábal y las radio teatralizaciones de Víctor Abel del Castillo en su “Viaje a lo Desconocido”; cada historia con su propio encanto y cada cual más bella que la anterior. Sin embargo cada uno de nosotros siempre recordara, con mayor cariño, aquella versión que era la que nos contaban nuestra propia familia y para nosotros esta será nuestra “versión oficial”.

Pero como tenemos que elegir una historia, decidí (arbitrariamente), contarles sobre una bella versión que sale publicada en el Libro “Cuzco Religioso, del Dr. Abrahán Valencia Espinosa” (pág. 117 – 119), que espero sea de su agrado:

“…La Parroquia de Belén está unida con la Metrópoli con una vía principal denominada “Calle Belén”. A lo largo de esta arteria, se habían establecido muchas tiendas comerciales como también fondas, chicherías y teterias en las que solían reunirse y expandirse los vecinos cotidianamente. Las teterias iniciaban sus labores a las tres de la madrugada, encendiendo sus braceros en la puerta del local para preparar el “te piteado” (te terciado con licor). Al hervir el agua en la tetera grande emitía un silbido que se escuchaba a varias cuadras de distancia y era signo de que el té estaba listo para servirse. Muchos parroquianos, desde la lejanía solían distinguir, por el silbido, de que establecimiento procedía el pitido.

Por los años 1920, según información, era común escuchar de la “Visita del Taytacha Temblores a la Virgen Mamacha Belén”. Las que constataban el transitar del Señor eran las dueñas de las teterias, y que mucha gente, para tener la dicha de observar el paso del señor, pernoctaba en estos lugares o establecimientos. Se realizaba esta visita, días antes de la Semana Santa -quinario del Señor de los Temblores- , los habitantes del legendario barrio de Belén, esperaban con mucha devoción estos incidentes religiosos.

Al Señor de los Temblores lo identificaban como a un caballero de alta estatura. Gallardo, de caminar cadencioso y firme. Cubierto con una amplia capa de color negro, un tongo del mismo color; un pantalón sujetado en las botas por escarpines y zapatos tipo botín, también de tono negro. Destacando visiblemente las llagas de las palmas de sus manos. En la mano derecha llevaba un bastón.

Los más fervientes religiosos que lograban divisar al Señor, se arrodillaban con la cabeza gacha, sin mirarle directamente, por temor a que el Taytacha podría juzgarlos por sus pecados y ser elegidos para ser recogidos. Por ello preferían mirarlo de reojo y a escondidas. Muchos de estos piadosos seguían al Señor hasta el Templo de Belén, para percatarse que ocurría en las conversaciones con la Virgen.

Al llegar el Señor de los Temblores a la puerta del Templo de Belén, se abría lentamente la puerta, y quien lo hacía era San Roque, que estaba listo, ya que su altar está cerca a la entrada. La clase popular decía que este santo era el interesado en concretar estos encuentros. Una vez abierto el templo, surgía una luz resplandeciente y al ingresar el Señor, atentamente saludaba a San José, para después dirigirse y conversar con la Virgen Belén, quien la esperaba con mucho afecto.

En la vista y entrevista, se dialogaba sobre la suerte del Cusco. Muchas veces sucedía que las señoras del barrio que se acercaban hasta la puerta del templo, escuchaban las suplicas de la Virgen de Belén, para que el Señor de los Temblores no castigue a su Pueblo. Los ruegos eran tan lastimeros, que los piadosos que veían desde las rendijas, se contagiaban del llanto de la Virgen. Ellos comunicaban después a los pobladores para que previeran cualquier situación inesperada.

Terminada la conferencia, al retornar el Taytacha por la misma ruta, con dirección a la catedral; la gente no veía el rostro del Señor, porque estaba cubierto por una esquina de su amplia capa. Sus manos puestas en guantes blancos y sus pasos seguros, marcados cadenciosamente por su báculo.

Al llegar el Señor al atrio de la Catedral, la puerta de la Basílica se abría de par en par, surgiendo una destellante luz, que iluminaba toda la plaza mayor; los curiosos que le seguían observaban cautelosamente por detrás de los portales, hasta ver cerrarse el gran portón. Terminado así esta visita celestial, que después los pobladores juzgarían como positivo o negativo, con la esperanza de no ser afligidos porque la Virgen de Belén había apagado la ira del Taytacha Temblores por ser su madre (Conversaciones con el Sr. Faustino Valencia V. 74 años de edad)

“Publicado en el libro Cuzco Religioso -Dr. Abrahán Valencia espinosa, pág. 117, 119”

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