MALCCOY – Leyenda India – Clorinda Matto de Turner

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    I

    Si bien es cierto que el cautiverio ha hecho degenerar la raza indígena, dejando caer denso velo sobre sus facultades intelectuales, que al presente parecen adormidas en la atonía, no menos verdad es la de que en sus épocas primaverales, los indios dejan correr un tanto aquel funesto velo, y como quien vuelve a la alborada de la vida se entregan a las fiestas tradicionales de sus mayores.

    Una de ésas es el malccoy. Traduciendo libremente a! castellano esta palabra, dinamos: la juventud con sus umbrales encantados de amor y de ensueño; la primera ilusión del niño trocado en hombre, la primera sonrisa intencionada, después del reír de la felicidad, que no deja cuenta clara para quien se reconcentre en su examen psicológico.

    ¡Malccoy! Infinitas veces hemos asistido a estas fiestas campesinas, compartiendo la sencilla alegría de nuestros compatriotas, sentados sobre el surco abierto por el arado en tierra húmeda, apagando la sed, en igual vasija de barro legendario, con la chicha de maíz y cebada elaborada por la feliz madre del malccoy, allá en esas poéticas praderas del Cusco; así se llamen Calca, Urubamba o Tinta. Los nombres de aquellos indios casi los podríamos apuntar, tan frescos viven en la mente. Pero entre ellos descuellan los de una pareja que aún vive resignada y feliz tras la cima de los Andes, allá muy al otro lado de las saladas aguas de! mar. Su historia no es un secreto, y narrarla voy, ofreciéndola como el fruto de nuestras observaciones.

    II

    Conviene saber lo que es un malccoy, para la ordenada narración de esta leyenda.

    Todos los jóvenes varones que frisan ya en los 16 años, están obligados a correr la carrera del malccoy (pichón).

    Los padres se afanan y los hijos llevan la mente abstraída, desde uno o dos meses antes, con la idea de la carrera.

    Generalmente se elige la época de los sembríos o de la cosecha para hacer la carrera, al finalizar las labores consiguientes.

    Se reúnen todos los mocetoncitos de un ayllu, entrados en la edad, y el más caracterizado de los indios, que ya está por lo regular jubilado de cargos, elige los dos que han de ser el malccoy correr la carrera: el que la gana, ha de casarse aquel año.

    Figúrese el lector los aprietos de los mancebos que ya tienen el corazón en cuerpo de alguna ñusta.

    Su felicidad queda a merced de la pujanza de sus pies y pulmones.

    III

    Pedro y Pituca, nacidos en chozas vecinas, desde los tres años al cuidado de las manadas de ovejas, habían crecido compartiendo el pobre fiambre de mote frío y chuño cocido al vapor, corriendo campos iguales y contándose cuentos al borde de las zanjas festonadas de matecllos y de grama. Allí, en esos bordes, aprendieron tanto los tejidos de sus hondas como el hilado de los vellones que caían en el tiempo de la trasquila.

    Ya no eran niños.

    Pituca, aunque la menor, entró la primera en la edad de las efervescencias del alma que suspira por otra alma. Sus negros ojos adquirieron mayor brillo y sus pupilas respiraban fuego.

    Pedro, tal vez más tranquilo, comenzó a ver que sólo al lado de Pituca se sentía bien, y los días de faena, en que tenía que suplir a su padre e iba al pueblo, taciturno y caviloso, respiraba por la choza, por la manada y por la zanja.

    ¡Pituca! se decía al tomar la ración de coca ofrecida por su cacique, en cuyos campos labraba, sin otra recompensa. ¡Pituca! al mirar las llicllas coloradas y de puitos verdes tramados con vicuña que lucían las esposas del alcalde o del regidor de su ayllu.

    Un día, sentando a Pituca sobre su falda:

    —Urpillay —le dijo—. Mi padre, mi hermano mayor, el compadre Huancachoque, todos tienen su mujer-cita. ¿Quieres tú ser mi palomita compañera? Yo correré el malcco este año, ¡ay!, lo correré por ti, y si tengo tu palabra, no habrá venado que me dispute la carrera.

    —Córrela, Pedrucha —contestó Pituca—, porque yo seré buena mujer-cita para ti, pues dormida’ sueño* contigo, tu nombre sopla a mi oído los machulas de otra vida, y despierta, cuando te ausentas, me duele el corazón.

    —Escupe al suelo —respondióle Pedro abrazándola, y aquel compromiso quedó sellado así.

    Los maizales verdes esmeralda se tornaron amarillos como el oro.

    El balido de las ovejas y el bufar de los bueyes, los nidos de palomitas cenizas multiplicados en las ramas de los algarrobos, las retamas y mámanos, anuncian en aquellos campos que ha llegado la estación del otoño: los tendales se preparan para la cosecha, el agricultor suspira con inquietud codiciosa y las indiecitas casaderas comienzan a componer las cantatas del yaraví con el cual han de celebrar el malccoy.

    Es el día de la faena.

    Los mayordomos, cabalgados en lomillos puestos sobre los lomos de vetusto repasiri mayordomil, que de estos hay dos o tres en las fincas, recorren al galope las cabañas. Suena la bocina del indio segunda y pronto los prados se cubren de indios que llevan la segadera y la coyunda con asa de fierro lustroso.

    Son los alegres afanes de la cosecha Terminado el recojo de las mieses, viene luego el malccoy

    Aquella vez eran las planicies de, Hatunccolla, en la finca de mi padre, las que servían de teatro a las- poéticas fiestas de esos buenos indios.

    Comenzaron a llegar las- -indias acompañadas de sus hijas.

    En el solar de la izquierda, llama-, do Tinaco, se reunieron los varones para la designación de los malccos.

    La voz unánime señaló a Pedro y a Sebastián. Este último era un indiecito de carrillos de terebinto, trenza de azabache y mirada de cernícalo. En la comarca no le designaban con’ otro nombre que con el de Chapacucha, y tenía como tres cosechas de más sobre la edad de Pedro.

    Chapacucha llevaba el alma enferma: su dolor casi podía distinguirse al través de la indiferencia con la cual se adelantó de la fila cuando escuchó su nombre.

    Toda la alegre comitiva se fue derecho al campo de Hatunccolla.

    Al salir, se cruzó entre Pedro y Sebastián este breve diálogo.

    Sebastián. —¿Tienes tu novia aquí?

    Pedro. —Presente y muy hermosa. ¿La tuya?

    Sebastián. —Duerme en el seno de Aüpamama. Murió la pobre de pena cuando me llevaron en la leva para servir de redoblante en el batallón 6º de línea, dispersado en las alturas de Quilinquilin.

    En aquel momento llegaron al lugar donde aguardaban las mujeres. La mirada de su madre produjo ligera reacción en el semblante de Chapacucha, y con rapidez prodigiosa quedaron él y su contendor, adornados con la lliclla colorada, terciada como banda, un birrete de lana de colores y ojotas con tientos corredizos. Se midió la distancia, la señal de la bocina sonó y los dos "mancebos se lanzaron al aire como gamos perseguidos por tirano cazador.


    IV

    Pituca tenía el corazón en los ojos.

    Llevaba pendiente del brazo una guirnalda de claveles rojos y yedra morada, como las llevan casi todas las mujeres para coronar al ganancioso.

    Veinte pasos más, y Pedro traspasó el lindero.

    La victoria quedó por él. Chapacucha, con calmosa indiferencia, fue el primero que abrazó a su vencedor diciéndole al oído: —Tuya es, pero, ¡me duele por mi madre!

    La algazara no tuvo límites, coronas, flores y abrazos fueron para Pedrucha, a quien preocupaba un solo pensamiento. Pituca tardaba en abrazarlo porque es usanza aguardar que lo hagan los mayores. Por fin, adelantóse hermosa y risueña con la felicidad del alma, y antes que coronase las sienes de Pedrucha vio caer a sus pies todas las flores con que aquel estaba adornado, señalándola ante La asamblea y diciendo en voz alta: —Esta es la virgen que he ganado.

    Los indios tienen el corazón lleno de ternura y de generosidad, sus goces se confunden íntimamente. Chapacucha y su madre olvidaron que formaban número en la contienda, y sólo pensaron en cumplimentar a la dichosa pareja, por cuya felicidad fueron todos los yaravíes cantados en el malccoy

    CLORINDA MATT0 DE TURNER (n. Cusco, 1854 – m. Buenos Aires, 1909). Sus novelas, junto con las de Narciso Aréstegui y Mercedes Cabello de Carbonera, logran abrir el camino hacia una de las direcciones más complejas y viales de nuestra literatura: el indigenismo. Las Tradiciones cuzqueñas. Fruto de! empeño de dona Clorinda por imitar a Ricardo Palma, constituyen sólo el ensayo anunciador de una empresa de mayor aliento. En efecto, la importancia de Clorinda Matto de Turner debe buscarse en su producción novelística con la que da inicio a una literatura combativa en defensa de la raza indígena. Tal se ve en sus tres novelas: Aves sin nido. Índole y Herencia. En la leyenda, forma literaria semejante a la "tradición", muestra también su espíritu indigenista, como en Malccoy y otras que integran las series de sus Leyendas y recortes y Hojas sueltas.

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