La Huachua Y El Zorro – Adolfo Vienrich

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    Un zorro muy hermoso, de poblada cola y afiladas uñas, con más astucia que un gavilán, hurtó quinua y trigo de un tendal, con el que armó una buena trampa, en cuyas redes cayeron innumerables avecillas. Introdujo a todas dentro de un costal de jerga y llevóse las vivitas a su prole para adiestrarla en el arte de la cacería al vuelo.

    Caminaba taciturno y encorvado por tanto peso, hasta que no pudiendo más, a media jornada, resolvió dejar la carga en casa de una su comadre espiritual, una señora alta y bien parecida, de plumaje blanco y pata, colorada, moradora a orillas de una gran laguna.

    Entablóse entonces el siguiente diálogo:

    —Comadre huachua, te dejo esta carga para que me hagas el favor de guardármela hasta mi regreso; pero sin tocarla; será un favor que te lo agradeceré en el alma.

    —Compadre zorro, no tengo inconveniente en servir a un tan apuesto e inteligente caballero.    –

    Dio las gracias y partió alegre, dejando el saco.

    Sola, la huachua, curiosa como buena mujer, desata el nudo que aseguraba el saco y, ¡zas . . . !

    ¡Oh sorpresa! empluman un gran frailesco, gaviotas, zorzales y gorriones, y toman las de Villadiego.

    Desaforada la huachua, a aletazos pretendía impedir la fuga; pero fue en vano, porque ninguna quedó.

    Jamás huachua alguna se vio en trance tan amargo. Daba graznidos lastimeros y extendiendo sus pesadas alas, corría desatentada de un sitio a otro, lamentando su desgracia y pensando a la vez en la venganza que tomaría el astuto de su compadre.

    Pasado su -aturdimiento, le vino, una feliz inspiración y sé decidió a ponerla en práctica, llenando el saco de espinas, que cuidadosamente cubrió con yerbas y otras malezas.

    Al crepúsculo, cuando el Sol majestuosamente comenzaba su descenso tras las colinas, regresó el zorro, y como no estuviera presente la comadre, échase a cuestas su carga, y marcha en dirección a su cueva.

    Mas siente sumamente pesado el saco, y sobre todo que le pinchan los lomos; pero soporta impasible los hincones, con la ilusión de que poco le falta para llegar a la casa, donde tomará suculenta cena en unión de la señora y sus cachorritos.

    Caminaba corcoveando con, su carga y exclamando: ¡Ay, cómo me hincan  las uñas de  los pajaritos!.:¡Ay, cómo me punzan las patas de los pajaritos!

    Impaciente por su tardanza, le esperaban en el dintel de la cueva la zorra y sus hijuelos que al verle, locos de  contento, saltan, brincan, se aparragan, se revuelcan, y la muy señorona muellemente recostada lamía y relamía llena de satisfacción su afilado hocico.

    El fatigado zorro, siempre gruñendo, exclamaba: ¡Ay, cómo me hincan las uñas de los pajaritos!  ¡Ay,” cómo;       me punzan las patas de los pajaritos!

    Llegó a la feliz morada, y cual una avalancha precipítanse sobre el magnífico presente, madre e hijos, para aligerar  tamaña  carga;  pero  retroceden.

    Acontecidos al contacto de  las uñas de los pájaros

    El zorro, ensangrentado y muerto de cansancio, arrojó su carga al suelo ordenando antes se coloquen en acecho en la entrada para evitar la fuga de las palomitas y gorriones, y se abalanzasen a su voz de mando.

    Vacía el saco y a la voz de orden lánzanse sobre la hierba que lo cubría, pero ¡OH dolor, qué chasco! no había tales zorzales ni palomitas; sólo enormes matas de espinas llevan prendidas en el hocico y manos.

    Quedaron desconcertados y dando aullidos lastimosos y estremecedores. Pasaron la noche, hambrientos y doloridos, relamiéndose el hocico y heridas, lamentándose de su mala fortuna y de su negra suerte.

    Caviloso el zorro, pensó en vengarse, mas no regresa en el momento, temeroso de no poder dar caza a la comadre para castigar tan inicua broma; sino que pasados dos días se presentó en las cercanías de la casa de la comadre, jurando interiormente cenársela en unión del ahijado. Pero ésta,, no bien distingue al compadre, de un vuelo se precipita a la laguna, en la que, tal era su miedo, no se creía todavía segura y dando zambullones se internaba hacia adentro.

    El compadre, después de un minucioso y prolijo registro de la casa de la comadre, encaminase a la laguna, desde cuya orilla da voces a la huachua, que desatendiendo los ruegos y llamadas, seguía internándose.

    El muy rabioso de! compadre le decía a gritos que había regresado con otro encargo para suplicarle se lo guardase, y le juraba por el santo bautismo de su hijo, no le guardaba rencor ni tomaría venganza por la broma que le había jugado.        -Jls,

    La huachua, que en más de una ocasión había escapado con vida de las caricias apetitosas del compadre, rio dio crédito al tono hipócrita de su so-carronazo compadre, sino que seguía nadando y zambulléndose, y cada vez. más adentro.

    Desconcertado y violento, el zorro propúsose desaguar la laguna y dio comienzo a su tarea: con patas y hocico rasguñaba el suelo, resuelto a abrir una zanja; pero pronto hubo de renunciar a su temerario empeño porque se le gastaron las uñas y le acometió el cansancio.

    Piensa en otro medio, y como la cólera lo ciega, se resuelve a beberse toda el agua de la laguna, y bebe; pero bien pronto se convence que el agua se le salía del mismo modo que entraba, así que se decide a taparse el ano, para lo que coge una coronta y se tapona. Obstruido el canal de salida, loco de furia, con más ardor bebe y bebe el agua, sin meditar que esta nueva zorrada le va a ocasionar la muerte, porque inflándosele el vientre revienta como una vejiga llena de aire.

    En sus agonías prorrumpía en lastimeros aves y tiernas imprecaciones, que el eco repetía:

    —¡Huachua, huachua de pata colorada, todavía me hincan las uñitas de los pajaritos! ¡Ay, ay, me punzan las piernas de los pajaritos!

    Hermoso apólogo que nos enseña que nunca debemos ejercitar venganza, y que la cólera es muy mala consejera.

    ADOLFO VIENRICH (n. Lima, IS67 – m. Tarrna, 190S). E! nombre de Adolfo Vienrich está vinculado a la paciente y meritoria labor de recopilación del folclor regional. Se dedicó con pasión a ella luego de abandonar Lima y fijar su residencia en la ciudad de Tarma. En 1905 aparece su hermoso iibro Azucenas quechuas en edición bilingüe. La ebra, que está dedicada a Manuel González Prada, contiene cantos, poesía1; y fábulas. Estas últimas conformaron al siguiente año un nuevo volumen editado con el título de Apólogos quechuas. Creada con fervor e identificada con el pueblo indígena, su obra se convierte en el campo del folclor en valiosa fuente de consulta obligada.

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